Se presentó el libro de poemas del ex cantante de Real de Catorce.
La poesía contiene un largo espectro de posibilidades, que se remonta y expande, hasta el primer gesto que pudiésemos concebir como "acto poético". Dentro de esta gama, el rock (y su génesis, y sus derivados), es decir, esa música que rueda sobre cuatro ruedas, es una conexión con la poesía que a lo largo de los diferentes tiempos ha funcionado como eje ritual para concretar las realidades. Así como en la prehistoria los tambores y las percusiones en general funcionaron como base de la danza, que "reunía" a la horda en torno a una misma "escencia"; o en épocas más cercanas, los coros griegos eran la conciencia social de la Comunidad, y ya más constituido en gremio profesional "los cantores romanos", que bien derivaron en juglares bajo el mando de los sacerdotes del primer milenio, y que fueron base fundamental para la construcción de las "lenguas romances", y sin dejar a un lado los "rapsodas" que se constituyeron como "profesionales de la poesía" al servicio de la corte, o dependiendo de la época, de la clase burguesa.
Durante la lectura con José Cruz.
Así ahora, como en el siglo XIX fueron las canciones populares, que gracias al perfeccionamiento de los instrumentos y su fácil acceso a las clases "plebeyas", dio origen también a los "autores musicales" y a la canción ya como un género músical más que lírico. Así, el siglo XX con su individualismo, y por ende su caos en la sinergia de todos los seres, da como hijo, con base en esa percución tribal del principio de los tiempos humanos, y con la tecnología del artefacto: al jazz, al blues, a la música rodante: el Rock. Música hija de toda esta tradición de "consolidadores de tradición", que ahora más que nunca marcan su propio camino, y dejan claro que la poesía (no como creadora de tradición, sino como constructura de particularidades) es su ente dialogante y su musa, su base conceptual: es decir, alimento para generar esas canciones que día a día constituyen la realidad tal cual la conocemos.
Sus poemas estuvieron presentes en voz de algunos colaboradores.
En caso contrario, en caso de que el autor de canciones se deslinde de esta base poética, corre el riesgo de conformar la realidad del mismo modo que lo ha sido, y no aportar así ninguna variable (caer en el Conformismo, vanguardia de los quietos). Todo gran artista sabe que lo único que le queda a su arte es poner su grano de pólvora (la cita es de González Rojo) para dar un nuevo rasgo a esa gran escultura invisible que es la humanidad. Y José Cruz, lo sabe. Por eso estamos aquí leyendo su libro de poemas.
Los colonos de la colonia Popotla este año tomaron una decisión que presentaron como propuesta al gobierno del Distrito Federal, y que estaba planeada realizarse con o sin aprobación de éste: la decisión fue convertir oficialmente el Árbol de la noche triste en el Árbol de la noche de la Victoria.
La ceremonia se llevó acabo el miércoles 30 de junio. Desde las primeras horas del día empezaron a llegar tanto colonos como invitados, artistas, danzantes, grupos diversos y autoridades al lugar. Cámaras de video y fotógrafos también se sumaron al evento, y entre el aullido de los caracoles y el copal que envolvía al árbol como un espiral la ceremonia estaba ya en la mirada de todos.
Los tambores, y el tradicional ritual en plena calle, de los danzantes, daba al momento un carácter emotivo, pues el sentido de la danza volvía de algún modo, y era, por lo menos en ese momento, una especie de toque marcial, un tambor para mover el corazón al ritmo de la guerra. Qué otra cosa es esta poética, sino una poética Mexica, un corazón latiendo para la victoria.
Dieron la bienvenida, y punto seguido, comenzó la literatura. Un cuento de Esther Alvarado para la ocasión, y un poema mío, creado expreso para este día. Después siguieron los bailes, más cuentos, historias nuevas sobre el suceso, y así hasta altas horas de la tarde.
II
Desde 1520, después de la derrota de Hernán Cortés, bajo las manos del primer independentista, Cuauhtlahuac (Águila sobre el agua, y no Cuitláhuac), han querido investir al Ahuhuete que yace sobre la avenida México-Tacuba, en donde simbólicamente, se dice, se libró la mítica batalla, con un vestido de tristeza y luto, visión que corresponde a la de los vencidos, que en esa ocasión, ciertamente, no fuimos nosotros.
Para los que habitamos en esta tierra, los que ocupamos esta geografía, los que no somos los "derrotados" de esa noche, desde este año, 2010, día 30 de junio, día en el que hace 490 años venció el Águila de agua a Cortés, festejamos la Noche del árbol de agua, noche antigua y de fiesta.
Por invitación de Esther Alvarado, que presentó un cuento para la ocasión, escribí un poema para conmemorar, y festejar sobre todo este día y aquí lo comparto con ustedes, y los invito a la fiesta que cada año se realizará a partir de este 2010 y todos los años, por este día de la Victoria.
Restos del Árbol y plumas como arcoiris de agua.
Mural creado en uno de los muros que rodean al Ahuhuete incinerado.
Yo durante la lectura del Árbol nocturno de la victoria.
Fragmento del mural.
Texto donde se da noticia del Árbol de la Victoria.
Árbol nocturno de la victoria
Rayar un corazón de agua
Adriana Tafoya
Sale del mar el sol
en armaduras de espejo
sobre cuatro patas avanza
para cortar en siete la selva.
Asoma un ojo iracundo
su corazón sediento,
trata de guardar su fuego en ornamentos de piedra
y descortés, se siembra para brotar en cabezas de hombres muertos.
Pero
la noche verde lo espera
con su mano barroca de agua, sílaba al ritmo del sueño bailando,
sien veces sien, raíz de cristal: navaja líquida.
Maraña de aves,
una vez la vimos
cómo su pie fue un árbol, hundido
en la tierra, y los ríos en sus talones
terminaban espuma: aprendimos la danza de sus hojas
guerreros bailando alrededor de la hoguera,
circulando en las venas entrecruzadas del tronco,
bocas y ojos sus hojas, coros del viento, tormenta eléctrica:
trizas el cielo, y caen en gotas los espejos:
Árbol de lluvia
lávanos el día, desprende sol de nuestra frente,
arráncalo con una ola enorme, con una mano,
para comenzar la nueva cara del día.
Al dar vuelta la página
tres pordioseros llaman al árbol
y éste se vuelve follaje de humo
pero el árbol se acomoda el cabello en llamas, lo aplaca con su mar
apaga la falda de fuego, lo sofoca en la profundidad
que espira en la palma de su mano
se vuelve carbón
oscuro diamante que encierra todas las caras del cero
y ondula sus negros brazos.
Horizonte, aletea, apaga tu vela:
ahuehuete pájaro, conviértete
en huevo vacío, abriéndote en medio del desértico Seri, relámpago
en medio de la piedra, ciclón:
agua, vuélvete tú misma, ave azul de infinitas alas, vuela,
quema el mundo en tus manos de río, con tus dedos de agua sostén esta burbuja
que guarda al invierno, y que en lugar de nieve, caigan tus uñas,
y cada una de las escamas en tu atuendo
cante y transforme tu imagen en lluvia.
Esta vez el árbol es ella, la victoria,
nabla del eje, parábola doble que tiene por vértice un beso.
Toda revolución termina en tablas, si alguien vence será conquista.
En este terreno no hubo tablas, no hay revolución,
sólo hubo agua turbia a manera de sangre.
Pero esta vez la fronda de la victoria destroza los trebejos
sólo para ser volución del ojo cuántico de Aquila,
pero qué victoria.
El agua toma sentido si tomas de ella,
gira, azulada esférica avanza la anciana:
el faisán es árbol que camina y vuela hacia dentro,
y desaparece en tu frente. Ella,
Sabina, árbol de la noche alegre,
plisa volutas, hilos de plata, heno:
riso de canas es su plumaje de guerra.
Tuya es la vida, Arbora, árbol de la noche hirviente,
Del por qué no llega un libro de poesía a tus manos
Para algunos soy uno más de los ambulantes. En ocasiones, me han llegado a ver como el hermano que distribuye las Atalayas. No ha faltado quien me ha dado una “limosna” y ha huido convencido de su buena obra, sin detenerse siquiera a ver lo que traía en las manos. Llegan a haber los que piensan que robo y luego revendo. O que compro y luego subasto. Varias personas aseguran haberme visto en más de un lugar a la vez. Dicen, soy muchos. También me han visto como vendedor de Jafra o de Andrea. Una ocasión en un vagón, en la estación más profunda del Metro, atorado entre la gente, leía poesía en voz alta, gritando contra el ruido mudo del silencio, y hubo un señor de sombrero que dijo “eres un héroe”. Me han abucheado, pero también aplaudido en los camiones; en el micro más de dos personas han llorado con un poema, y otras tantas se han dormido. Para los microbuseros soy “el poeta” o “el joven” (algunos piensan en la diferencia); los policías me ven como para darme una suculenta mordida, pero al final terminan con dos libros bajo su brazo (y “quién sabe”, se preguntan ellos, “para qué”). Los ambulantes me ven con rareza, me confunden con “universitario”; pero en la universidad me quieren ver “fuera de reglamento”. He declamado poemas de poetas conocidos y desconocidos, y al cabo lo que se llevó la gente fue la poesía. Soy el encargado de llevarte poesía, a las manos, al oído, a los ojos, a la mente; sin embargo hay cafeteros que insisten en verme como una mosca que molesta al cliente; señoras de la cultura que imaginan soy un paria necesitado de una sonrisa; directores de centros culturales que me enaltecen como a un polizonte dentro de sus barcos blancos y estancados. Una vez un hombre odió mi trabajo, por considerarlo poco elegante, pero al año volvió a comprarme un libro. Un indigente, de entre112 personas con auto y comida, me compró un libro y lo leyó. 300 personas me dijeron “no”, 134 me dieron la espalda; 60 me escucharon; 30 asintieron y me dieron la mano; 20 compraron un libro; 10 lo leyeron; 5 lo regalaron; sólo 1 lo guardó y recordó mi nombre.
Las imágenes creadas por Cisneros de la Cruz nos instalan de pronto en paisajes apocalípticos, donde el futuro se vislumbra como algo atroz y espantoso, lleno de criaturas malignas que se van devorando, como si fuera una cinta de terror o ciencia ficción. Pero hay algo que nos conmueve en ese mundo. El poema tiene algo de romanticismo, y logra por momentos que la noche no es negra como dicen / y afirma que (ni siquiera es noche como afirman) (…) la noche blanca, sí / con mano fría me envuelve / y con pálido labio me besa.
Como película de David Lynch o la cinta dirigida por Richard Fleischer, Cuando el destino nos alcance, el libro de Andrés nos presente una distopía: es decir, esa manera de vislumbrar la realidad de manera opuesta al ideal. Se asoma a ese espejo donde la realidad se transforma en ese algo, ese otro mundo que nos permite observar lo más corrupto de nosotros mismos.
En cada poema se va manifestando un gesto distinto de nuestro rostro, una multiplicidad de caracteres. Es como si nos encontráramos rodeados de espejos, y ahí dentro nos multiplicáramos; como diría Bioy Casares: en todo eso que somos y que tememos. Seres que se reflejan en cada imagen, en cada palabra que los va nombrando, criaturas tan terribles como sus dioses o sus miedos (que son lo mismo): orcos, espectros, gusanos marinos y otras criaturas.
Y pregunta, “¿quién eres cuando de pronto Nadie te reconoce y sólo quiere / verte cara de espectro / o accesorio de ciudad triste y desvencijada”. Para entonces el poeta ha dejado de nombrar el mundo para así crearlo: mejor dicho descubrirlo detrás de esa tela que lo tiene oculto a nuestros ojos y nos entrega sin maquillaje los rostros de la humanidad en sus variadas facetas.
Aquí hay ecos que se van volviendo nítidos por medio del lenguaje, fotografías que dan forma a esas criaturas que no salden del closet, sino que están ocultas debajo de la piel, entre nosotros, esperando poder devorarnos tranquilamente en ese banquete esperado y descubrir dentro “…cuáles serán nuestras últimas palabras / en el lecho de la Muerte”.
Aquí la poesía es, no cabe duda, un viaje constate a nuestro interior, a nuestros temores, es esa Loba como la llamara Jorge Boccanera. Una loba que nos amamanta, pero también nos llena de terror.