Por Arturo Alvar
Si con el primer libro Vitrinas de últimas cenas (Versodestierro) al ofrecer el cuerpo de
las significaciones para la degustación antropofágica, empezó por violentar la
realidad, mientras que en su tercer poemario Como la nieve que dejan los muertos (Versodestierro), ofrendó a su
hija un paisaje de tumbas para los sordos de rencoroso corazón ―de las que
extrajo con inteligencia “la oscura lámpara de la Vida”―, en este su cuarto poemario
Ópera de la tempestad
(Versodestierro), el poeta se lanza contra sí mismo para derrocar al héroe,
que es la consigna con la que empieza a cantar hacia adentro, con los acordes de su propia circunstancia, donde se reconoce
como un hombre:
“con el mismo gesto/
arrogante, impasible,/ resignado a cargar sobre los hombros/ su narciso
enfermo”.
“disuelva
su apariencia,/ y se rinda,/ para que guarde la espada/ y evite tanta inútil
guerra/ que sólo engrandece al sueño”.
Ese sueño de grandeza
de que no se confronta con la realidad, cuya miseria está hecha en mayor medida
de buenas intenciones. La rebelión para el poeta consiste precisamente en
el trabajo de nombrar al mundo para concebir una nueva mirada. Pero la mirada
de Andrés transforma la rebelión personal en revelación colectiva y de esta forma:
“el mar lo retorna
en su lengua/ ― al que fue hombre― con un verso, desnudo/ sobre las rocas,
atravesando la luz,/ sin ropaje.”
De esta manera, como
lectores podemos ser parte de la metamorfosis del poeta, en aquel niño “que
mira a través de las cosas/, en cada uno de sus instantes y cada una de las
palabras/ a Sidérea, viva en su mente,/ murmurando en una extraña fonética de
aves, o dunas,/ un cántico”.
¿Pero qué es lo que
hace cimbrar a Andrés Cardo? Ya lo dije en parte: la entrega a la vida; el odio
que se aviva porque quizá pueda “librarnos de este círculo incendiario”; el
hambre que desgarra las entrañas y carcome la Esperanza; las aspiraciones del
hombre común, que aunque vanas son las tribulaciones de nuestro tiempo. Así
también se indigna ante el poder y se inconforma con el esclavo que acepta
sumisamente la cárcel que nos sitúa entre el lucro y el látigo.
Ahí donde se erige
una piedra de sol, Andrés Cardo ve a un “hombre araña” queriendo vislumbrar la
cima del poder. En esto hay una simbología que critica tanto la solaridad del
canon imperante como el tratamiento usual de los atributos femeninos frente a
lo masculino. Pero también, Andrés nos increpa a hacer escarnio del absurdo y
se vuelve entonces el merolico que pregunta al transeúnte: ¿apostaría su vida
por una vida nueva? Alguna vez alguien
dijo, quizá en su único momento de lucidez, que Andrés cargaba una cruz muy
grande. Pero Andrés, en todo caso, es el madero mismo. Con dos palabras
levitando en su boca Sidérea y Arbora, sostiene la insurrección del los astros
para con el sol, sabiendo de antemano que esa batalla no se puede librar sin
establecer un vínculo entrañable con la propia Tierra.
Coincido con Armando González
Torres cuando afirma que en Ópera de la tempestad, “hay un sentimiento
latente de indignación social y solidaridad con los desvalidos” y que en ello
estriba una de sus mayores virtudes, en cuanto a la emergencia de una poesía
social lejos de la militancia política. Sin embargo, no creo que la crítica que
se hace a la sociedad en este libro constituya una mera extravagancia, pues no
se habla desde una élite ―sino desde la voz popular―, así tampoco un discurso
amoroso, pues encuentro sólo un poema de tono “lírico” que es el de Cántico para la boca de Adriana.
Hace un par de años leí una entrevista donde un
joven editor afirmaba que publicar un poemario hoy en día constituye una “tarea
en verdad heroica”, sobre todo haciendo referencia a las publicaciones de
autor. Sin embargo, ese heroísmo no se ve ensalzado en el trabajo editorial que
impulsa Andrés Cardo y Adriana Tafoya a través de Versodestierro, sino que más bien viene acompañado por una intensa
y constante labor solidaria, que ha incluido a toda una comunidad de creadores
emergentes, de tal forma que con la publicación de Ópera de la tempestad Andrés Cardo no va en solitario, sino que
puedo afirmar que con este impulso se da madurez a toda una generación, sobre
todo a los poetas nacidos en la década de los setentas.
Lo que carga encima Andrés no tiene un peso que
no lo deje andar (aunque sabemos los libros son de los objetos más pesados). Al
contrario, lleva consigo una parte importante de la poesía mexicana que nos
hará caminar por este intrincado siglo. La levedad de Andrés para afrontar empresas
de gran envergadura, es un peso que no cualquiera podría cargar en el ir y
venir de estaciones del metro; en la complicidad con los obreros-impresores
para calibrar las tintas; en el ir y venir de bares, calles y sombras; de dejar
la fiesta para ir a trabajar, vendiendo libros de mano en mano, donde sin
embargo:
“Ninguno de los tramos/ que he pisado en esta
tierra, me pertenecen. /Yo sólo estoy de paso”.
Sólo así se explica la calidad poética de un
hombre como Andrés Cardo, consciente cada vez más de las posibilidades del
lenguaje, pero también de las posibilidades de transformación del mundo. A
propósito de tempestades, Andrés no es un astro que se ha alzado sobre los
otros para instaurar su propia luz, si no que su palabra se alza con las olas, junto
con “la musculatura del agua” como alguna vez me dijo; es decir, junto con la
marea que trae a otras voces. Que su música
indignada entonces nos llegue y nos talle por dentro, esa es la consigna.
Siquiera un momento de ira, incuslo para los indiferentes, diría nuestra
imprescindible poeta Norma Bazúa.
Aquí no hay primavera sólo cruentos retoños
un poeta que en su hoguera de latidos se
revela
delirios de ira sobre un follaje de
tramas y tonos
donde un trueno entre las sombras reverbera
poesía que se cimbra y que se siembra
en el caballo desbordado del oleaje
que atina en su llameante decisión
a lanzar contra sí todo el rencor del
mundo.